Autor: Soltérica Ibérica
Jueves 17.05.2012 / 11:59 am
Compartir, compartir con alegríaCompartir, compartir con alegría
A veces siento que fui al colegio en otro siglo. A ver, en estricto sentido sí era otro siglo, pero quiero decir que siento que fui como en otra época, como en el medioevo.
Mi colegio tenía cosas muy curiosas, era el típico colegio de solo mujeres, del Opus Dei, aunque no lo admitía; por las mañanas nos medían el largo de la falda para asegurarse que no estaba por encima de la rodilla y nos daban clases de costura y de ballet. También nos daban la comida (almuerzo y medias nueves) y sospecho que tenían un plan secreto para convertirnos en ganado de engorde porque no recuerdo nunca haber visto algo que no fueran carbohidratos. Nunca una manzana o una mandarina, ni siquiera una guayaba. Todo eran pasteles gloria con bocadillo, mogollas con sabor a coco o corazones de hojaldre. El concepto de “tienda” que para la mayoría de ustedes debe ser de lo más común, yo lo vine a conocer un año antes de graduarme, cuando mi colegio dio un paso hacia el progreso y empezaron a vender papas con sabor a tomate y chocolatinas jet.
El caso es que antes de la tienda, teníamos que arreglarnos la vida con la variedad de pastelería criolla que nos ofrecía el colegio. Muy a las 10 de la mañana entregaban en cada salón una canasta con el número exacto de buñuelos o almojábanas correspondiente al número de alumnas en esa clase y todas empezábamos a salivar. No me digan que no se acuerdan de esa sensación constante de hambre en el colegio, cuando uno no solamente se despertaba a las cinco de la mañana, sino que además tenía que correr detrás del bus del colegio una cuadra y media, hacer el test de Cooper en clase de educación física y tratar de aprender trigonometría. Si yo tengo algún recuerdo claro y vívido de mi adolescencia es que me la pasé hambrienta. Así que apenas hacía su entrada triunfal la famosa canasta, empezaba ese salón a agitarse como si fuera la bolsa de Tokio.
“¡Me pido el mojicón de Carolina Ramírez!” (los mojicones eran especialmente valorados). “Usted se comió la panelita de azúcar de ella ayer que tampoco vino”. “Si me deja el mojicón la próxima vez que nos den rosquitas le regalo mi paquete, se lo juro”. “No sea mala que tengo hambre, déjemelo y le hago los ejercicios de física”.
El trapicheo en mi colegio se hacía con comida, eso estaba claro. Pero esas sesiones salvajes de negociación nos dejaron (o por lo menos a mí) un sentido de solidaridad y generosidad con las amigas que es homologable a muchas otras esferas de la vida. Yo por ejemplo soy muy desprendida con mis hombres. Mientras están conmigo no, claramente, pero cuando ya no estamos juntos, ¿por qué privar al mundo de un roscón con arequipe que yo no me voy a comer? Hay uno o dos tipos que son intocables porque significaron mucho para mí o por lo que sea. Pero incluso uno de esos “intocables” se lo presté a una amiga una vez que vino de vacaciones con la única condición de que me lo devolviera después y no se fuera a enseriar con él. Pero aparte de eso, yo presto mis juguetes. Sobre todo los juguetes que ya no uso.
No sé de dónde habrán sacado las mujeres que los hombres son como ganado y que una vez una estuvo con alguno, queda marcado para siempre como si fuera de su exclusiva propiedad. Existe un código femenino no escrito que se transmite, creo yo, telepáticamente y que prohíbe, so pena de rechazo social, meterse con un tipo que se pueda considerar ganado marcado por otra mujer. A los hombres esto puede parecerles como del siglo pasado, pero la regla del ganado marcado es sagrada entre las mujeres. Lo sé bien yo, que en parte por rebelde y en parte por inepta, me ha pasado temporadas en el equivalente social de Siberia por haberla infringido. Y no les digo mentiras, vivo más tranquila en España, sin pensar cada vez que salgo de un bar si ésta será la noche en la que una hembra ofendida me va a mechonear por haberme metido con su res.
A mí me parece un poco absurdo. Tampoco se trata de ir a robarle el novio a la amiga, no hay que llegar a los extremos, pero no es buen plan ponerse a acaparar porque sí. ¿No dice el dicho “agua que no has de beber, déjala correr”? Yo siempre que me encuentro en una situación así vuelvo a pensar en la canasta de las medias nueves del colegio y de hecho hace poco le cedí uno de mis mojicones más preciados a una amiga. Lo único que le dije mientras nos reíamos de nuestra aventura compartida, fue que el día que me lo devolviera le diera una palmadita en la espalda y me dijera “Bien cuidadito mona”.
Oye Soltérica, te están montando copialina en el blog del al lado...mismo tema, mismo tipo de imágenes...ponte las pilas....y qué oso, no?