Autor: Soltérica Ibérica
Jueves 17.05.2012 / 11:59 am
Del OMM al patacommDel OMM al patacomm
Los tiempos de crisis que corren no son disculpa para privarse de los placeres de la vida, por eso con un par de amigas nos compramos un cupón de descuento para ir a hacer yoga y no morir de sedentarismo en este gélido invierno madrileño. Si ustedes hubieran visto la emoción con que planeamos esta noche pensarían que somos unas desocupadas, y tendrían un poco de razón. Pero es que hace tanto frío que es muy fácil caer en la tentación de sentarse todas las noches frente al televisor y no mover el culo sino para irse a la cama cuando el reloj marca las 12.
Yo en lo personal estaba tan emocionada que me pasé el día recitando mantras en mi cabeza y preocupada por si después de tantos meses todavía mi cuerpecito de marmota recordaría como hacer el saludo al sol. Mis amigas llamaron 3 veces a confirmar y reconfirmar nuestra clase, mandamos los cupones por mail y volvimos a llamar para asegurarnos de que habían llegado. Se acercaba la hora, por fin un espacio de relajación en nuestra rutina ajetreada. Íbamos a ser una con el universo, en paz con la tierra y con nosotras mismas, íbamos a liberar las tensiones de la semana, nos íbamos a conectar con nuestro zen y a alcanzar la iluminación con nuestra clase de yoga a precio de recesión.
Todo iba fenomenal hasta que cruzó la puerta la amargura de personaje que supuestamente nos iba a conectar con el cosmos. Para empezar tenía cara de profesora de gimnasia, y digo esto con todo el respeto del mundo por los profesionales de la educación física que podrían estarme leyendo, pero francamente no tenía ni una apariencia ni una actitud muy yogui. No nos importó, nosotras seguíamos entusiasmadas con la idea de pasar una hora de devoción espiritual. Nos pidió el famoso cupón que obviamente en nuestro afán de inspiración tibetana no habíamos llevado impreso.
- Pero mandamos un mail con los cupones y llamamos a confirmar- dijo mi amiga, la que es más conciliadora de las tres.
-Pues es que sin el cupón no les puedo dar este otro papelito que dicen cuántas clases les quedan.
-Vale, pues te lo traemos la próxima vez – dije yo, que soy así de práctica.
- No, es que necesito el código del cupón- contestó nuestra maestra Kundalini
- Ah pues están los 3 en el mail, míralo en el computador
- No, porque está apagado- ¿este será el tipo de desapego del mundo material al que se refiere la doctrina de los chakras?
… Momento de silencio incómodo y conversación telepática en el que las tres nos preguntamos si sería de mala educación mostrarle donde estaba el botón de ON. Concluimos que sí.
- Además yo no soy la secretaria para andar revisando ningún mail
…. Momento de estupefacción que no necesita explicación.
- Vale, pues te lo muestro en mi teléfono- de nuevo mi pragmatismo
- No, pues anoten sus nombres, sus teléfonos y sus documentos de identidad para la próxima vez.
Y mientras yo apuntaba hasta mi grupo sanguíneo en un papelito, Gloria, que así se llama esta obtusa, seguía parloteando con sus verbos mal conjugados que sin el cupón impreso cómo podía ella saber si habíamos comprado las clases o no (si hombre, es que la cosa está tan mal en España que ahora la gente se roba hasta clases yoga) y que en el cupón decía claramente que había que imprimirlo, y que la gente es que piensa que pueden hacer lo que les das (sic) la gana, y que a ella le daba lo mismo dar la clase para 5 o para 15, y que en el cupón decía que había que imprimirlo, porque ella ahora cómo nos hacía el papelito que decía cuántas clases nos quedaban, si es que aquí dice que hay que imprimirlo… Y hasta ahí llegó mi actitud zen. Se me subieron los colores a la cara y le pregunté exactamente cuál era el problema. Y ella volvió a empezar con la letanía del maldito cupón de los cojones impreso. Yo bufé y miré a mi amiga con cara de “no puedo más” mientras Glorita me decía que se notaba que algo me molestaba y le contesté que sí, que me molestaba que estuviera haciendo las cosas más difíciles de lo que tenían que ser.
Me dijo en una actitud muy poco meditativa que podía hacer lo que quisiera, a lo que yo respondí con toda la insolencia que mi acento colombiano me permitió “¡lo que quiero es hacer yoga para relajarme!” . Pero ya no había vuelta atrás, ya ninguna postura del pino o del pez iba a lograr sacarme del estado de exaltación en el que me pone la gente así de negada. Así que cuando me sugirió que me fuera, no lo dudé una milésima de segundo y mis dos amigas me siguieron, no sin antes raparle de las manos el famoso papelito con todas nuestras referencias personales. Justo antes de cerrar la puerta, una de ellas se dio la vuelta y le preguntó si todas las clases las daba ella, y cuando Gloria contestó que no, le gritó “¡gracias a Dios!”, y bajamos las escaleras corriendo y soltando una carcajada de colegialas que retumbó por todo el edificio.
Una vez en la calle decidimos que tal vez la mejor forma de alcanzar la paz interior en la noche de hoy era entrando a un restaurante colombiano que hay a dos cuadras y comiendo empanadas, yuca frita, patacón, papa criolla, Manzana Postobón, Colombiana y jugo de papaya. Y que Gloria se meta una yuca por el Kundalini.